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    domingo, 21 de noviembre de 2021

    "1126" por Mahnuel Muñoz

    El 26 de junio de 1977, a las 20.30, sobre el escenario de Market Square Arena de Indianapolis, Elvis Presley daba su último concierto, el número 1126 desde su regreso a los escenarios en 1969. Fue un gran show, dentro del nivel que a esas alturas de su carrera podía mantener. Aunque logra ofrecer unas interpretaciones poderosas, lejos quedaba ese Elvis eléctrico y salvaje de principios de los setenta. Mucha gente llevaba un tiempo diciendo que Elvis debería haberse retirado, o al menos haberse tomado un descanso, y quizá tuvieran razón. Pero dentro de un cuerpo enfermo y agotado su voz seguía brillando como el sol, proyectándose directamente desde un corazón que se resistía a detenerse mientras hubiera una sola nota musical en su interior. Para este show, Elvis recuperó dos viejas declaraciones de amor hacia su público que llevaban un tiempo fuera del repertorio : "I Can't Stop Loving You " y "Bridge Over Troubled Water", portadoras de versos tristemente premonitorios; en menos de dos meses, todos los asistentes al concierto y millones de seguidores en todo el mundo caminarían sobre las aguas turbulentas del mundo por el puente tendido por Elvis con su arte, y habiendo quedado huérfanos del ídolo, habrían de vivir sus vidas en sueños del ayer. Desde que era sólo un niño, Elvis permaneció atento a su corazón. Quiso, supo y pudo escuchar el sonido de los engranajes de su alma a pesar de todo el ruido; bajo el cielo claro de Tupelo, unos años después en el aire cargado de melodias de Memphis y en la polución neoyorquina, inmerso, en la década de los sesenta, en el caos tecnicolor de Hollywood y finalmente bajo el cielo de falsas estrellas de Las Vegas, siempre escuchó claramente la música en su interior, reverberando en su alma limpia; en la lúbrica inocencia de su adolescencia y en la turbia niebla de su madurez, en el refugio del gospel y el piano y en el circo romano del pop, al volante de un camión o bajo su corona de espinas, Elvis siempre tuvo presentes las palabras de Khalil Gibran, uno de sus autores preferidos: «Al nacer, ya llevas tu trabajo en tu corazón». Y por eso Elvis siguió cantando cuando su cuerpo le pedía parar. Incluso cuando, en diciembre de 1976 su mano escribió, una angustiosa nota en un folio con el membrete del Vegas Hilton pidiéndole ayuda a Dios para superar o acabar con el tormento que le suponía pasarse la vida subido a un escenario maquillando con purpurina su tristeza, volvía a vestir cada noche su brillante jumpsuit para desangrarse en "Hurt" o "How Great Thou Art". Lo hacía porque, a pesar del dolor, los contratos, la inhumana codicia del coronel Parker, la delirante adoración de sus fans, Elvis siempre supo cual era su trabajo y su propósito. Lo vivió de la manera en que su corazón le instaba a que lo hiciera, incluso si eso suponía entregarse agónicamente a la guadaña herrumbrosa de la muerte. Claro que él quería que cesara su dolor. Pero quizá lo que sintiese en lo más hondo de su ser era mucho más importante. Sus últimas actuaciones alternan momentos de sobrecogedora lucha del hombre contra el sufrimiento con gloriosas demostraciones de un talento divino, indestructible; podemos ver en su rostro y percibir en su voz que por unos segundos el dolor ha dejado paso a la música, el lenguaje de la divinidad en estado puro. Elvis Presley, el cantante más famoso del mundo, es en un minuto, el ser humano más asustado y solo de todos, pero súbitamente, por la gracia de una canción, por el poder de una letra escrita con la sangre de la verdad, él vuelve a conmoverse, vuelve a enamorarse, vuelve a extasiarse, vuelve a sentir en cada una de sus fibras las fuerzas del universo que confluyeron en él en los momentos de su mayor gloria artística y personal. Es verdaderamente asombroso apreciar como un Elvis rendido y resignado que farfulla "Love Me" por enésima vez se transforma en un intérprete desgarradoramente poderoso, humano y honesto, capaz de hacer bizquear las cuencas vacías de la muerte con "You Gave Me A Mountain" Cuando Elvis, la leyenda viva, alarga su espectáculo repartiendo pañuelos como una metáfora de su deseo de tirar de una vez por todas la toalla, se manifiesta el joven camionero que, con tanta timidez como determinación compartió su sueño con Marion Keisker en la pequeña oficina de Sun Records, afirmando cantar toda clase de música como nadie. El espíritu de aquel Elvis de 19 años es también el clarín de la muerte inminente del cuerpo físico del Rey del Rock, y está urgiendo al agotado artista a cumplir con la misión que se le encomendó al nacer, pues sus días están contados y en la siguiente fase del viaje habrá de dejar ese cuerpo atrás, sin una sola nota musical en su interior. Por eso, y no por el dinero, ni por el coronel Parker, Elvis siguió cantando con toda su alma cuando su cuerpo se resquebrajaba, cuando el infame libro que escribieron sus ex guardaespaldas descerrajó un tiro a bocajarro en su mismísimo núcleo vital. En ese instante, la música sonó aun más alto. Elvis se deshacía en las notas más altas de su registro, suscitando el desconcierto en los escépticos, pero llegando a lo más prrofundo y palpitante del corazón de sus seguidores con una súplica de ayuda. Todas las fuerzas necesarias para hablar, moverse, respirar... las empleaba en ofrecer a su público unos momentos postreros de perfección. El ocaso de Elvis indignó por igual a rockeros con síndrome de Peter Pan y a la clase media bienpensante y enmohecida ¿Pero qué valor pueden tener las críticas de esa gente que, como dice la canción, "mira la tierra y no ve más que tierra"? Elvis nunca traicionó al rock por cantar canciones italianas y afeitarse las patillas, ni faltó el respeto al establishment por no ser el ejemplar más sano del barrio. Esos conceptos son responsabilidad única de las mentes minúsculas que los crean. Su corazón le encomendaba compartir con el mundo su música y hacer más felices los días grises de millones de personas en el mundo. Y sus seguidores somos más felices y por tanto más útiles a la sociedad por el mero hecho de contar con su voz, su imagen y el valor incalculable de su entrega.

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